
“Hubo una versión de mí que sobrevivía; sin saberlo, ya estaba aprendiendo a florecer.”
Quizá nunca me olvide de aquella mirada perdida que un día habitó en mí. Esa versión que avanzaba entre dudas, heridas y silencios, intentando comprender por qué algunas estaciones parecían tan largas y algunos inviernos tan fríos.
Hoy, al mirar hacia atrás, reconozco a la mujer que fui. Veo sus luchas, sus caídas y también su valentía. Porque aunque hubo momentos en los que sentí que me marchitaba, nunca estuve completamente sola.
Hubo manos que derramaron sobre mí pequeñas gotas de amor, paciencia, compañía y esperanza. Manos que llegaron cuando más lo necesitaba y que, sin saberlo, ayudaron a regar la tierra donde aún permanecía la vida.
Y entonces florecí.
No de la misma manera que antes. Florecí distinta. Más consciente de mis cicatrices, más agradecida por mis raíces y más fuerte por todo lo vivido.
Nunca imaginé llegar a este presente. Hubo un tiempo en el que parecía imposible contemplar el horizonte con serenidad. Sin embargo, aquí estoy, observando mi vida con otros ojos y permitiéndome imaginar un futuro donde todavía puedo crecer, transformarme y seguir resurgiendo.
Porque la mujer que fui merece ser recordada. La mujer que soy merece ser celebrada. Y la mujer que seré merece toda mi confianza.
Al final, la vida no consiste en evitar que todo se derrame. Consiste en confiar en que, aun después del derrame, la tierra seguirá siendo fértil para volver a florecer.

“Hoy sonrío porque descubrí que todo lo que la vida regó en mí, terminó floreciendo.”
