
Dicen que “las palabras se las lleva el viento”, pero hay palabras que echan raíces en el alma y florecen eternas en el corazón.
Son esas palabras las que nos construyen y las que curan heridas invisibles.
Las palabras son puentes silenciosos: nos unen, nos transforman y, a veces, nos salvan.
Con todo el respeto que deseo mostrar —y también recibir—
hacia las personas de diferentes creencias, religiones e ideologías,
agradezco a todos quienes buscan con sinceridad el bien, la verdad y la paz.
Deseo dedicar estas palabras a quien me ha dado todo lo que soy y todo lo que tengo: a mi Dios, Jehová.
Gracias a mi fe en Él, he comprendido que mi vida tiene un propósito para el cual fui creada.
Agradezco a Jehová por darme la vida, por hacerme sentir verdaderamente viva y por devolverme las ganas de vivir.
Sin Él, ni siquiera la vida eterna tendría sentido.
A Él le entrego mis pensamientos, mis fuerzas y mis anhelos, confiando en que siempre me guiará con amor y sabiduría.
“Los que conocen tu nombre confiarán en ti; tú nunca abandonarás a los que te buscan, oh, Jehová”.
—Salmo 9:10
