
Un adiós nunca es definitivo.
Es solo una pausa en medio del camino,
los puntos suspensivos de una historia que aún no ha terminado de escribirse.
Las despedidas no marcan el final,
sino la promesa de un reencuentro:
en otro tiempo, bajo un mismo cielo, en otro lugar.
Simplemente son un “hasta luego”.
Significan: os echaré de menos hasta que nos reencontremos.
El anhelo se vuelve melancolía cuando la distancia crece,
y, a veces, sin quererlo, una lágrima se escapa al recordar lo vivido.
Y nos despedimos con los ojos llenos de un silencioso deseo:
“Espero veros de nuevo.”
