
“La vida es el tiempo de sembrar; la eternidad, el tiempo de florecer.”
Cada día agradezco un día más.
Un día que me recuerda que vivir es el regalo del esfuerzo de ayer y la oportunidad de sembrar esperanza para el mañana.
No sabemos cuántos amaneceres nos quedan en esta vida temporal, pero sí sabemos que cada uno llega para ser vivido. Por eso, el verdadero valor de los días no está en cuánto duran, sino en lo que sembramos mientras vivimos.
Hoy somos semillas. Quizá no alcancemos a ver todas las flores que nacerán de nuestras acciones, pero ninguna semilla sembrada con un propósito sincero se pierde.
Cada anochecer nos recuerda que el tiempo es limitado, pero también que existe una esperanza que no termina donde termina nuestro último aliento.
Mientras tenga un día más, quiero vivir con las manos abiertas para agradecer, con el corazón dispuesto para amar y con la mirada puesta en la eternidad.
Porque, mientras nuestro paso transcurre por esta tierra donde sembramos semillas, las flores más hermosas las recogeremos aquí mismo, pero respirando otro aire.
Hoy agradezco la vida que tengo. Mañana confío en la vida que Dios ha prometido.
Porque sé que, cuando termine esta breve primavera, Él me recibirá en un jardín donde las flores jamás se marchitan.
