La cerámica y yo


A la niña que fui: el barro me devolvió a ti.

Durante años, la arcilla fue solo un recuerdo borroso de lo que alguna vez quise hacer. De niña, veía cómo otras manos daban forma a la tierra y, en silencio, deseaba crear con las mías. Pero a veces los sueños se apagan, y el mío quedó en pausa.

Hoy, al hundir mis manos en el barro, regreso a esa niña. Cada pieza es un diálogo entre lo que fui y lo que me atreví a ser. No se trata solo de moldear la arcilla, sino de aprender a tener paciencia, aceptar las imperfecciones y entender que lo imperfecto también tiene valor.

La arcilla cede y resiste, como la vida. Intenté controlarla, pero me enseñó a escuchar. A veces la pieza falla, y con ella asoma la frustración. Pero ya no la destruyo: la observo, la transformo. He decidido que aquello que antes me detuvo ya no tiene el mismo poder.

Luego viene el fuego. Ese momento en el que dejo de intervenir y solo queda confiar. El calor transforma o quiebra, pero también da permanencia. Hay cambios que solo ocurren cuando dejamos de protegernos.

Pienso en la niña que fui y me gusta creer que, al verme ahora, sonreiría en silencio.

Cada pieza guarda algo de mí. Sin palabras, en sus formas y sus fallas, cuenta lo que soy.

Y, al terminar, miro mis manos manchadas de barro. Podría lavarlas enseguida, pero me quedo así un instante más.

Porque en ese barro está todo: lo que fui, lo que dolió y lo que, por fin, me permití vivir.