
Ella llegó a mi vida como un abrazo acogedor, ese mismo abrazo que se siente dentro de una familia. Me brindó su cariño y su amistad sin recelo, con total honestidad y sinceridad.
Poco a poco fui descubriendo su corazón, sus luchas y sus heridas, y eso me hizo quererla todavía más.
Ella es una mujer dispuesta a dar, a criar, a consolar y a amar a cada una de las personas que forman su hogar. Su amor se extendió hacia mí cuando pasé a formar parte de esa familia.
Es una mujer llena de historias de vida y de experiencias que contar. Ingeniosa, resolutiva y creativa con sus manos, tiene ese toque especial para dar amor con su sazón, decorar los rincones con las flores más hermosas, pintar arte en telas con paciencia y dedicación, y sanar rotos con puntadas cargadas de amor.
Ella es una mujer berraca: persistió, luchó y salió a flote en medio del caos y de estar sola en el mundo. Con sus propias manos construyó los cimientos de su hogar, dando a otros lo que a ella muchas veces no le fue dado.
Guarda en su corazón un gran amor, un amor que llenó su vida y dio luz a sus días: su amor por Jehová, su Dios. No es capaz de fallarle, pues cada día ama y valora el hecho de estar viva gracias a Él, y por eso inculca ese amor a todas las personas que la rodean.
Dentro de su corazón también habita un gran dolor, junto con la esperanza de volver a ver a su primogénita, su hija del alma.
Siempre está pendiente de todos, al punto de olvidarse a veces de sí misma, sin dejar de ser coqueta.
Es hospitalaria con todos los que llaman a la puerta de su casa, demostrando su amor al servir a los demás con atención y entrega.
Ella me dio lo mejor de mi vida: me dio al amor de mi vida. Fue capaz de entregarme a su Sebastián, a quien crió, cuidó, educó y amó con un amor sin final.
Mi suegra es más que una amiga; es la mujer que dio a luz al amor de mi vida. Es una segunda mamá, mi querida Noemí, a quien no quiero abandonar. Para mí, ella es un tesoro que deseo siempre cuidar.
