
No existen barreras, caminos ni fronteras para quienes aman a un mismo Dios.
Los lazos que nacen del amor a Él son tan fuertes que resultan inquebrantables. Son nudos que nos vinculan unos con otros y que, gracias a Él, nos permiten descubrir una nueva forma de amar.
Jehová es un Dios detallista, ordenado y, sobre todo, es amor. Y entre esas cualidades que tanto nos atraen a Él, hemos podido reconocerlas también en nuestros hermanos de Ecuador.
Cada voluntario demostró una organización y un cariño tan grandes que en todo momento sentimos su protección y cuidado. Cada detalle, por pequeño que fuera, había sido elegido con esmero. Con su amor nos llenaron de abrazos sinceros, de compañía que fortalecía nuestra fe y de un cariño que se reflejaba en cada sonrisa, en cada mirada y en cada palabra.
Todos ellos nos estaban esperando con los brazos abiertos, con el corazón dispuesto a amar y con el deseo sincero de dar lo mejor de sí mismos.
Lo que quizá ellos no saben es que se convirtieron en la respuesta a muchas oraciones. En esos momentos en los que necesitábamos sentir el amor de Jehová, ellos estuvieron ahí. Y ese amor que recibimos nos acompañará siempre y nos dará fuerzas para continuar.
Hoy quiero agradecer a cada persona que formó parte de esta experiencia, porque, aunque nuestro viaje haya terminado, ellos ya forman parte de nuestra historia y permanecerán para siempre en nuestro corazón.
