
La más berraca: fuerte, valiente e imparable.
Hay mujeres que llegan a la vida con una fuerza que no siempre saben que tienen.
Mujeres que han tenido que aprender a levantarse sin que nadie les enseñara cómo. Que han llorado a escondidas, que han seguido adelante con el corazón cansado y que, aun cuando la vida les ha puesto más peso del que parecía posible cargar, han encontrado la manera de sostenerlo.
Tú eres una de ellas, Daniela.
Quizá ahora mismo no te reconoces.
Quizá miras al espejo y no encuentras a la mujer que antes veías. Quizá te cuesta quererte, reconocerte, incluso recordar todo lo que has sido capaz de hacer.
Pero yo sí puedo verla.
La veo en la mujer que sobrevivió a días que parecían imposibles.
En la que siguió caminando cuando no sabía hacia dónde.
En la que aprendió a ser fuerte incluso cuando por dentro tenía miedo.
En la que ha criado a su hijo con sus propias manos, poniendo amor donde a veces faltaban fuerzas, y esperanza donde seguramente sobraban motivos para rendirse.
Y es que hay algo que quizá hoy has olvidado:
No eres solamente lo que te está pasando.
Eres también todo aquello que has conseguido atravesar.
Eres las veces que te caíste y volviste a levantarte.
Las noches en las que lloraste y al día siguiente seguiste.
Las decisiones difíciles que tomaste.
Los abrazos que diste aun necesitando uno.
Las veces que pusiste a tu hijo por delante de ti.
Las veces que no sabías cómo ibas a conseguirlo y, aun así, lo conseguiste.
Eso también eres tú.
Y aunque ahora no puedas verlo, esa mujer sigue ahí.
No se ha ido.
Está cansada, quizá herida, quizá confundida. Pero sigue ahí.
Por eso hoy quiero recordarte algo que no depende de cómo te sientas, ni de lo que diga un espejo, ni de los días malos:
Eres una berraca, de esas de verdad.
De las que no necesitan demostrar nada porque ya han demostrado demasiado.
Una mujer guerrera no es aquella que nunca se quiebra. Es aquella que, después de quebrarse, aprende a recogerse con ternura y vuelve a empezar.
Y quizá ahora no necesitas ser más fuerte.
Quizá necesitas empezar a tratarte con la misma compasión con la que has tratado a todos los que amas.
Necesitas dejar de exigirte ser aquella Daniela que eras antes y permitirte descubrir quién eres ahora.
Porque tal vez no estás perdida.
Tal vez estás volviendo a encontrarte.
Y en ese camino habrá días en los que te quieras un poquito más y otros en los que apenas puedas hacerlo. No importa. Ve despacio.
No tienes que tenerlo todo resuelto.
Solo tienes que recordar que la mujer que ha llegado hasta aquí merece muchísimo más que sobrevivir.
Merece vivir.
Merece reír.
Merece descansar.
Merece sentirse orgullosa de sí misma.
Merece volver a mirarse y reconocerse.
Merece quererse.
Y cuando algún día vuelvas a mirarte con cariño, quizá descubras que aquella mujer que estabas buscando nunca se fue.
Solo estaba esperando que volvieras a mirarla con los mismos ojos con los que ella siempre ha mirado a los demás.
Daniela, no olvides nunca de dónde vienes.
Mira todo lo que has atravesado.
Mira todo lo que has construido.
Mira a tu hijo.
Y mírate a ti.
Porque detrás de todo lo que hoy te duele sigue estando esa mujer que un día decidió no rendirse.
La que pudo con mucho.
La que sigue pudiendo.
La que todavía tiene muchísimo por vivir.
La más berraca.
Y quizá hoy no lo sientas.
Pero yo espero que algún día puedas verte como te vemos quienes te queremos:
Una mujer profundamente valiente, llena de fuerza y muchísimo más grande que cualquiera de sus días malos.
