
Conocer a Jehová es vivir bajo su protección.
Esta mañana encontré una promesa de Jehová que tocó lo más profundo de mi corazón.
Estaba en Salmo 91:14-16. Mientras leía aquellas palabras y me detenía a pensar en ellas, mi mente y mi corazón comenzaron a recorrer mi vida, los años pasados y todo lo vivido hasta llegar hasta aquí.
Quise profundizar un poco más y descubrí una verdad que dio todavía más significado a aquella promesa:
“Los únicos que de verdad conocen el nombre de Dios son sus siervos obedientes”.
Entonces comprendí que conocer el nombre de Jehová es mucho más que saber cómo se llama. Es llegar a conocerlo de verdad: descubrir quién es, aprender de él, amarlo, confiar en él y permitir que todo ese conocimiento se refleje en nuestra manera de vivir.
La obediencia, entonces, deja de ser simplemente cumplir unas normas. Se convierte en una elección personal, en la respuesta de un corazón que ama a Jehová y que desea poner en práctica la sabiduría que aprende de él.
Y es precisamente a quien lo conoce de esa manera a quien Jehová hace esta promesa: “Lo protegeré porque conoce mi nombre”.
Es como si Jehová pudiera alzarme y colocarme en un lugar alto, fuera del alcance de aquello que pudiera hacer verdadero daño. No significa que nunca llegarán la angustia, las dificultades o el dolor —de hecho, él mismo promete: “Estaré con él en la angustia”—, sino que, aun en medio de ellos, puede proteger lo más valioso que tengo: mi amistad con él.
Quizás por eso estas palabras me tocaron tanto esta mañana.
Al mirar hacia atrás y recorrer mentalmente algunos capítulos de mi vida, puedo reconocer que Jehová no siempre evitó que atravesara momentos difíciles, pero nunca dejó de estar conmigo en ellos.
Y hoy entiendo un poco mejor su promesa: conocer su nombre es conocerlo a él. Y cuanto más lo conozco, más deseo obedecerlo, más confío en su protección y más segura me siento en ese lugar alto donde nada puede alcanzar aquello que más quiero conservar: mi amistad con Jehová.
