
Durante mucho tiempo pensé que crecer cerca de Jehová consistía, sobre todo, en alimentar mi parte espiritual. Y sí, sigue siendo el centro que orienta mi vida, pero con el tiempo he comprendido algo que ha cambiado mi manera de mirarme: Jehová no me creó por partes, me creó completa.
Soy espiritual, pero también…
Soy mente.
Soy emociones.
Soy cuerpo.
Y todo ello convive dentro de mí, formando la persona que él quiso que fuera.
Mi amistad con Jehová me ha enseñado a cuidar profundamente mi espiritualidad, pero también me está enseñando que el equilibrio nace cuando no abandono el resto de lo que soy.
Porque mi mente necesita aprender, descubrir, imaginar y crear. Mi cuerpo necesita descanso, movimiento y cuidado. Y mis emociones necesitan un lugar donde existir; un espacio donde poder escucharlas, comprenderlas, expresarlas y, cuando sea necesario, moldearlas.
Quizá por eso la creatividad ha llegado a ocupar un lugar tan especial en mi vida.
Cuando escribo, cuando mis manos transforman una idea en algo tangible o cuando consigo convertir una emoción en palabras, música o una pieza creada por mí, siento que algo dentro se ordena. La creatividad me permite explorar mi mente, escuchar mis emociones y conocer rincones de mí que quizá de otra manera permanecerían en silencio.
Y cuanto más me conozco, más comprendo la maravillosa complejidad con la que Jehová nos creó.
Lo curioso es que dedicar tiempo a estas partes de mí nunca me ha hecho sentir más lejos de él. Ha sucedido justamente lo contrario.
Me ha acercado.
Porque ahora entiendo que cuidar de mí no consiste únicamente en fortalecer una dimensión de mi persona, sino en aprender a encontrar armonía entre todas ellas: lo espiritual, lo mental, lo emocional y lo físico.
No quiero que ninguna crezca a costa de apagar las demás. Quiero aprender a cuidarlas, pulirlas y moldearlas hasta que puedan convivir en equilibrio.
Y es ahí, cuando todas esas partes encuentran su lugar, donde me siento más completa.
Más yo.
Y, curiosamente, también más cerca de Jehová.
Porque cuanto mejor conozco y cuido la persona que él me permitió ser, más profundamente admiro a quien me creó.
Quizá el equilibrio no consista en repartirnos en cuatro partes iguales, sino en escuchar qué parte de nosotros necesita atención en cada momento sin perder nunca nuestro centro.
Y para mí, ese centro sigue siendo Jehová.
