
Hay personas que llegan a nuestra vida casi sin hacer ruido. Primero son compañeras de trabajo, alguien con quien compartir horarios, tareas y días rutinarios… y, sin darte cuenta, terminan ocupando un lugar mucho más especial.
Esta pieza la hice pensando en una de esas personas. En una compañera que, con el tiempo, se convirtió también en confidente y amiga.
Quise que esta taza guardara un poquito de todo lo que compartimos: el cariño que le tengo, lo bien que supimos hacer equipo y esa complicidad que hacía que trabajar juntas fuera mucho más fácil. Siempre admiré su sinceridad, pero también su prudencia; su manera de estar, de escuchar y de saber cuándo hablar y cuándo simplemente acompañar.
Entre nosotras siempre hubo algo que para mí tiene muchísimo valor: respeto. Un respeto que nos permitió ser sinceras, entendernos y trabajar juntas desde el buen hacer y la confianza.
Cuando hice esta taza no imaginaba que, más pronto que tarde, dejaríamos de compartir nuestros días. Quizá por eso ahora la miro de otra manera. Ese corazón rojo que sobresale de ella parece decir justo lo que yo quería dejar allí: que algunas personas se marchan de nuestra rutina, pero no necesariamente de nuestra vida.
Hoy la recuerdo con muchísimo cariño y agradezco todo lo que compartimos. Y me gusta pensar que, cada vez que tenga esta taza entre sus manos, habrá un pequeño recuerdo de mí acompañándola.
Porque la hice para ella con mis manos, pero, sobre todo, con mucho corazón. Y quizá también con el deseo de que nunca llegue a olvidarme. ❤️
