
Hay comienzos que parecen pequeños, aunque por dentro estén abriendo una puerta inmensa.
Mi primer día de cerámica comenzó frente a una mesa cubierta de arcilla, herramientas y posibilidades. Mis manos todavía no conocían el camino: aprendían a extender el barro, a medir la fuerza y a comprender que la materia también tiene su propio ritmo.
Poco a poco, entre la inseguridad de quien empieza y la emoción de quien descubre, aquella porción de tierra fue tomando forma. No buscaba la perfección. Solo quería crear algo que llevara una intención verdadera.
Mi primera pieza no fue para mí. Grabé en ella el nombre de Sebastián, mi esposo, el hombre al que, con los años, he llegado a amar como a mí misma. Quizá por eso, cuando mis manos tuvieron por primera vez la oportunidad de transformar la arcilla, eligieron pensar en él.
Su nombre quedó impreso en el barro, acompañado de dos pequeños corazones. Y comprendí que aquella pieza no era únicamente el resultado de mi primer día: era una manera nueva de decir «te amo», esta vez sin palabras.
Todavía faltaban el secado, el fuego y los acabados. La pieza podía cambiar e incluso quebrarse, pero el gesto ya permanecía. Porque hay creaciones cuyo verdadero valor no depende del resultado, sino del amor con el que comenzaron.
Así nace Crear, este nuevo espacio de mi refugio creativo. Un lugar donde compartiré fotografías, vídeos, procesos y piezas terminadas; historias que, algunas veces, escribiré con palabras y, otras, dejaré que sean mis manos quienes las cuenten.



