
Dicen que “las palabras se las lleva el viento”,
pero hay palabras que echan raíces en el alma y florecen eternas en el corazón.
Son esas palabras las que nos construyen y las que curan heridas invisibles.
Las palabras son puentes silenciosos: nos unen, nos transforman y, a veces,
nos salvan.
Con todo el respeto que deseo mostrar —y también recibir—
hacia las personas de diferentes creencias, religiones e ideologías,
agradezco a todos quienes buscan con sinceridad el bien, la verdad y la paz.
Deseo dedicar estas palabras a quien me ha dado todo lo que soy y todo lo que tengo: a mi Dios, Jehová.
Gracias a mi fe en Él, he comprendido que mi vida tiene un propósito para el cual fui creada.
Agradezco a Jehová por darme la vida, por hacerme sentir verdaderamente viva y por devolverme las ganas de vivir.
Sin Él, ni siquiera la vida eterna tendría sentido.
A Él le entrego mis pensamientos, mis fuerzas y mis anhelos, confiando en que siempre me guiará con amor y sabiduría.
“Los que conocen tu nombre confiarán en ti; tú nunca abandonarás a los que te buscan, oh, Jehová”.
—Salmo 9:10
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Valencia, qué bonita eres
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El equilibrio que me acerca a Jehová
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Volver a ti, Bogotá
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El amor verdadero en la mitad del mundo
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Hoy semillas, mañana flores
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Entre la fe y el miedo
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Conocerlos es quererlos
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Él ve lo que otros no ven
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Intensa como la vida
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Antes de ser flor
