Intensa como la vida


Vivir intensamente es amar, caer y renacer sin dejar de sentir.

Vivir, sentir y amar… es una energía que me desborda, como si cada instante llevara dentro una primavera que no deja de florecer.

Y aunque creí que vivir así era arder siempre en lo más alto, la vida me enseñó otra cosa:

Que después del fuego viene la calma.

Que después del vuelo, el descenso.

Que después de florecer, también se cae.

Y ahí entendí que:

“Después de florecer, aprendí a caer sin dejar de ser semilla”.

Porque no hay pérdida en lo que se transforma, ni final en lo que sabe renacer. Cada caída llevaba escondida una raíz, la misma que, en silencio, volvió a florecer.

Ahora entiendo que soy colmena de todo lo que he sentido: del amor que me hace sentir viva y de las ausencias que me enseñaron a sostenerme por mí misma. Todas las personas, todos los recuerdos, todos los sentimientos que han pasado por mi vida viven en mí; todo me habita, todo me construye.

Entendí que ser intensa no es estar siempre arriba, sino vivir cada fase con la entrega que requiere cada momento, persona y circunstancia. Es no dejar de sentir por miedo a sentir demasiado, porque la intensidad está en aceptar todos esos ritmos sin anestesiarte.

Hoy ya no temo bajar, ni detenerme, ni empezar de nuevo. Hoy sé que vivir intensamente no es sostener el brillo, sino permitirme ser luz, sombra y semilla, una y otra vez.

Y si la vida es un ciclo infinito de comienzos disfrazados de finales, entonces elijo vivirla así: intensa, abierta y sin medida… porque en cada caída también estoy creciendo, y en cada renacer, vuelvo a vivir.