Antes de ser flor

“Antes de ser flor, quiero aprender a ser raíz”

Todo florecimiento tiene un echar raíces detrás: 

una etapa menos visible, pero profundamente necesaria.

Antes de ser flor, es necesario germinar en la humedad y la oscuridad del terreno.

Allí, donde todo ocurre en silencio, con paciencia y de forma casi imperceptible, se logra crear la raíz que sostendrá la flor.

La vida sigue ocurriendo aunque no se vea; debajo de la tierra, las raíces continúan formándose, creciendo y extendiéndose.

Es un proceso continuo y oculto que solo se revela después de las noches más frías y de las tormentas más duras.

Aprender a ser raíz conlleva toda una vida; es una forma de estar vivo. No todo florece todo el tiempo; cuando lo hace, es un buen momento para apreciar. Sin embargo, las raíces continuarán sosteniendo la vida.

Las flores son la evidencia de que las cosas sí funcionan, de que nuestras raíces han dado fruto.

Cada tallo que crece y se expande es prueba de que hay vida, pues las flores vuelven a crecer incluso después de ser pisadas, porque su raíz permanece intacta.

Al final, ser flor no es el inicio, sino la consecuencia. 

Lo verdaderamente esencial ocurre bajo la superficie, en lo invisible, en aquello que se cultiva sin prisa y sin aplausos. 

Por eso, cuando llegue el momento de florecer, no será casualidad, sino el reflejo de todo lo que, en silencio, aprendió a sostenerse desde la raíz.