
“Como las olas del mar, los retrocesos de la vida no son el final, sino el impulso necesario para volver a avanzar con más fuerza.”
Hay días en los que siento que la vida me empuja hacia atrás, como si cada esfuerzo quedara suspendido a medio camino, esperando un impulso que nunca termina de llegar.
Entonces, al observar el mar, recuerdo que las olas también retroceden.
Pero no lo hacen porque se rindan ni porque hayan perdido su fuerza. Retroceden para tomar impulso, para reunir en silencio la energía necesaria antes de volver a avanzar.
En cada uno de mis retrocesos empiezo a entender mejor mis errores, mis miedos y los cambios que la vida me pide. Son pausas que me invitan a la reflexión, momentos que me enseñan a conocerme con mayor honestidad y a prepararme para seguir adelante.
Como las olas que se recogen antes de volver a llegar a la orilla, cada vez que miro dentro de mí entiendo que retroceder no significa el final, sino formar parte del mismo movimiento de avanzar.
Por eso quiero seguir teniendo la fuerza de las olas del mar: hacer de cada retroceso un nuevo comienzo y de cada regreso una forma más valiente de seguir adelante.
