
El hogar somos nosotros, eligiéndonos cada día.
La felicidad más sencilla suele empezar con las palabras: “Estamos en casa”.
A veces pensamos que el hogar es un lugar, pero contigo aprendí que el hogar es la calma que siento cuando estamos juntos.
El hogar no siempre tiene paredes. A veces tiene dos corazones que deciden caminar juntos. Con los años, esa decisión se vuelve más sólida y crea la base de los cimientos de nuestro hogar.
El hogar empieza donde dos personas deciden cuidarse todos los días. Bajo un sol radiante y lleno de alegría, atravesando las tormentas de la vida con tu mano junto a la mía, escalando grandes montañas y empujándonos cuesta arriba; y, cuando ocurre lo inesperado, estando dispuestos a sostenernos con cuidado.
A veces el hogar cabe en un abrazo. Es la recarga que nos llena al final del día; es el refugio que encontramos entre nuestros brazos entrelazados y con el corazón latiendo acompasado.
El hogar es donde nuestras historias se entrelazan cada día. Donde podemos compartir nuestras luchas, cicatrices, batallas ganadas y también pérdidas; nuestros momentos de vulnerabilidad y nuestras alegrías, lo que realmente llena el alma de esa felicidad que permanece y siempre está.
El hogar no es solo donde vivimos, es donde aprendemos a amar mejor: con más paciencia, con más cuidado y con más perdón.
Porque el verdadero hogar no es el lugar donde vivimos, sino donde decidimos permanecer y estar; es el amor que compartimos dentro de él.
