El regreso a casa


Regresar a casa es volver a uno mismo, guiada por Él, que nunca dejó de acompañarme, incluso en la oscuridad.

Siempre supe dónde estaba mi hogar;

tuve claro desde el principio adónde tenía que llegar.

Pero el camino de la vida parece tan largo, tan incierto e inesperado, que me fui alejando de quien era sin apenas darme cuenta.

En cada paso que di, me adentré cada vez más en mí misma.

Ser, estar y creer —entre muchas capas— se fueron ocultando:

esas tres verdades que, con el tiempo, redescubrí y afiancé.

A veces el sendero se volvía estrecho y oscuro,

como una noche sin estrellas.

Y, sin embargo, incluso entonces, una luz nunca se apartó de mí.

Una luz pequeña, frágil en apariencia,

pero suficiente para no perder del todo el rumbo.

Fue gracias a ella que, en medio de la inexistencia más profunda,

recordé el camino de regreso a casa.

Porque el hogar nunca fue solo un lugar con ventanas encendidas al final del sendero;

el hogar era la llama que sostenía entre mis manos.

Comprendí entonces que regresar

no es volver atrás,

sino caminar hacia uno mismo

con la valentía de quien ya no teme la oscuridad.

Y entendí, por fin, que regresar a casa

es, en realidad, volver a uno mismo.