Raíces en la pausa

Detenerme fue mi forma de avanzar.

Las pausas no son frenos, son raíces.

Y en cada una de ellas, cuando creí que no avanzaba, en realidad estaba avanzando hacia dentro.

Con el tiempo, cada pausa se transformó en impulso: en la fuerza que me empuja a tomar decisiones que marcan y definen mi rumbo.

Porque cada vez estoy más arraigada a lo que creo, a lo que amo, a lo que sé que me hace bien.

Y así, poco a poco, logro llenar mi vida de todo aquello que suma, que tiene peso, que vale la pena.

Me detuve. Pausé. Contemplé todo lo que rodeaba mi vida, y en ese silencio encontré mis razones, mis motivos.

Los puse en una balanza, los medí, los valoré con una mirada nueva, porque este día tenía que llegar.

Después de tantas pausas, el impulso finalmente dio su fruto, y la acción se convirtió en decisión.

Hoy puedo sentir que esta vida mía, cada día, merece la pena ser vivida.