
Las pequeñas ilusiones de la vida van y vienen, y algunas las sostenemos para siempre.
Son como globos coloridos: frágiles y, a veces, demasiado grandes, más grandes que nosotros mismos, como cuando los sueños nos envuelven por completo.
Cada ilusión propuesta puede parecer insignificante, pero varias juntas pueden llegar a ser abrumadoras.
Las ilusiones también pesan: la espera por lograrlas, la incertidumbre de no saber si llegaremos a vivirlas y el miedo a que la vida pase tan rápido que se nos escape de las manos, como un globo que dejamos volar.
Como aquella mujer de vestido amarillo, lleno de esperanza, entendemos que incluso quedarnos quietos, sosteniendo nuestras ilusiones en medio del ruido, también es parte del proceso.
Al igual que su sombra, que va cambiando a lo largo del día, el tiempo sigue pasando aunque no nos movamos.
Por eso, las ilusiones no siempre nos empujan hacia adelante; a veces nos obligan a mirar hacia dentro.
A veces nuestras ilusiones son tantos globos juntos que intentamos sostenerlos todos al mismo tiempo, y podemos llegar a perdernos en ellos, ocultando quiénes somos.
Entre lo que deseo y lo que soy,
entre mis anhelos y lo que realmente puedo lograr,
entre mis suspiros y el simple acto de respirar profundo.
Mientras lo visible flota y nos llena de emoción,
lo esencial crece en silencio; porque no todos los movimientos visibles son avance,
hay raíces que crecen sin hacer ruido.
