
Momentos que nos recargan, entre tú y yo
Me dibujaste una sonrisa desde el primer momento del día, al despertar sin prisa y descubrir que eras lo primero que veían mis ojos. Nos levantamos despacio, caminamos juntos y, casi sin darnos cuenta, terminamos bailando frente al televisor, riéndonos mientras intentábamos ponernos en forma. Así, sin grandes planes, comenzaba un día hecho de pequeños momentos únicos.
El sofá se convirtió en nuestro refugio. Allí compartimos el silencio y el paso del tiempo, ese que no pesa cuando se vive acompañado. A ratos, nuestras manos se buscan, se encuentran y vuelven a soltarse, como si supieran exactamente cuándo hacerlo. La música suena suave, alimentando la creatividad, hasta que en algún momento nos cansa y cambiamos de sintonía. Tú te quedas viendo una serie; yo me pongo los auriculares, escucho canciones en inglés y escribo. Aun así, seguimos conectados. Y entonces suena el timbre. Nos miramos con ilusión: ha llegado ese paquete que llevábamos días esperando.
El día avanza despacio, casi con cuidado, como si también él deseara no terminar. Todavía quedan cosas por hacer, ideas que nacen sobre la marcha, sin forzarlas. La curiosidad nos lleva a estudiar, a reflexionar, a conversar sin guion, dejando que las palabras aparezcan solas.
Al final, entendemos que es ahí, en lo sencillo y cotidiano, donde encontramos la calma. En esos instantes pequeños descubrimos la felicidad y el sentido de aquello que nos llena, nos reconforta y nos devuelve la energía en medio de tanto ruido.
