
Cada paso traza una estela donde otros aprenden a avanzar.
Camino erguida, con determinación, sabiendo hacia dónde voy.
No corro: avanzo con la calma de quien confía en su propio paso, guiada por la sabiduría de arriba.
Cada huella que dejo atrás brilla, no por lo perfecto del camino, sino por el coraje de recorrerlo, de hacerlo posible y de seguir avanzando.
No miro atrás para lamentarme, sino para reconocer cuánto he crecido; cuántas veces he tenido que aprender y continuar en este proceso eterno de la vida y de existir.
Entiendo que avanzar también es un acto de amor propio, pues cada paso me enseña a quererme un poco más, a valorar quién soy y en quién me convierto cada vez que doy un paso más.
Mientras camino, el mundo parece acomodarse a mi ritmo. Porque cuando me alineo por dentro, mi vida fluye, como las notas de un pentagrama que cobran vida al escuchar la dulce melodía de mi propia existencia.
No busco aplausos, solo coherencia entre lo que sueño y lo que hago; entre mis metas y mis circunstancias; entre lo que puedo ser y aquello que reconozco que ya no me pertenece.
Dejo una estela de valentía para quienes vendrán detrás. Porque sé que dar luz en medio de la oscuridad es lo que me ayudó a continuar.
Porque no se trata de llegar primero, sino de dejar algo luminoso en el trayecto. Porque todos nos pertenecemos unos a otros, y en algún momento necesitamos el apoyo del otro para estar aquí hoy.
Y así, paso a paso, convierto mi camino en mensaje.
