Confía

“Cuando antes comprendas que todo cambia, que las cosas que te pasan no te definen, que todo será distinto y que no tienes tanto control de lo que ocurrirá después, más aprenderás a vivir el presente. Encuentra tu punto de anclaje y abre la mente a lo que aparecerá”. AMY POEHLER 

La confianza en uno mismo no es un estado permanente, sino un movimiento constante que se moldea con cada experiencia vivida. Hay épocas en las que esa confianza nos impulsa a lanzarnos al vacío, seguros de que llegaremos a un lugar mejor; y otras en las que no somos capaces de salir de nuestra propia habitación, ocultos entre las sábanas.

Cada vivencia deja huella: algunas fortalecen la confianza, otras la ponen a prueba y la debilitan. Siempre habrá personas que refuercen quienes somos y validen nuestra seguridad, pero también existirán aquellas que intenten socavarla.

Hay momentos en los que la vida sacude nuestra estabilidad y nos obliga a mirarnos con duda. A veces somos nosotros mismos quienes tambaleamos, atrapados en una incertidumbre eterna entre el “no sé” y el “¿y si?”.

Las tempestades internas no destruyen la confianza, pero sí la desafían: la hacen vacilar y ralentizan nuestras acciones. En ciertos instantes solo tenemos fuerzas para sobrevivir en un mar de lágrimas, donde todo se vuelve más lento, más sobrio y más triste.

La confianza se erosiona en silencio, pero también puede renacer con paciencia y conciencia. Aunque el mar insista en desgastar las rocas, cada uno es escultor de su propia mente, de su personalidad y de la actitud con la que decide afrontar la vida.

La verdadera fortaleza no reside en no dudar nunca, sino en avanzar incluso cuando la confianza tiembla. No dejar de hacer aquello que sabemos que debemos hacer es el impulso que pone en movimiento nuestra vida, nuestra motivación y nuestras ganas de vivir. Todo es capaz de transformarse, de regresar y de regenerarse una vez más.