
“Mi alma aprendió a cerrarse, no para ocultarse, sino para abrirse solo ante quien comprenda que el acceso requiere permiso, cuidado y amor.”
Una niña viajó a un lugar muy lejos de su hogar y se marchó de su habitación, dejando atrás su precioso armario.
Sin que ella lo supiera, alguien abrió ese armario sin permiso, invadiendo su interior y todo lo que había dentro de él.
Desde entonces, una puerta quedó abierta, permitiendo que cualquiera que pasara frente a aquel armario pudiera ver lo que guardaba en su interior.
Algunas personas saquearon su contenido y luego lo vendieron al mejor postor; otras fueron simples observadoras, admirando o juzgando las dimensiones y los recovecos de aquel armario. Y, por último, hubo quienes, aun estando la puerta abierta, pidieron permiso para contemplar su interior y dejaron en él tesoros de valor, cuidadosamente escondidos.
Con el tiempo, su dueña, ya convertida en mujer, regresó. Colocó un cerrojo en su querido armario y colgó la llave en su pecho, cerca de su corazón, para mostrar su interior solo a quien ella eligiera hacerlo.
