
Más allá de los límites, allí donde el viento es capaz de llegar, mi alma se expande sin descanso.
Y siento que, al igual que la vegetación del campo —que crece en silencio—, tarde o temprano termina por hacerse visible a su alrededor.
Cada roce del viento en mi piel me recuerda que sigo viva, que aún tengo caminos por recorrer.
Quizá por eso sigo avanzando, guiada por Él, con la certeza de que, al final de esta verde pradera, encontraré esa parte de mí que algún día perdí y que hoy descubro con más calma que nunca.
