
Caminamos por esta vida llena de cambios constantes, entre subidas y bajadas, intentando mantener un equilibrio que fluctúa y se adapta.
Cada paso que damos —ya sea una decisión, una actitud o un gesto de determinación— nos acerca al lugar al que deseamos llegar. Pero, a veces, también nos conduce hacia donde no esperábamos.
Darnos cuenta alivia; hacernos cargo nos transforma. Porque rectificar no es una derrota: nunca es demasiado tarde para tomar con fuerza las riendas de nuestra vida y cambiar el rumbo.
A veces tropezamos, y con la caída llega la frustración de no haber hecho las cosas como deseábamos. Pero recaer no es retroceder: es recordar que el aprendizaje no tiene fin, que cada intento nos enseña, y que reconocer nuestros límites también es una forma de sabiduría.
