El rocío mañanero

Aparece al alba, en las primeras horas del día,

con toda su energía.

Refresca la vida,

como las lágrimas limpian el alma y te hacen respirar profundo.

Llena de alegría con su presencia,

como la luz que reflejan los primeros rayos del sol.

Es constante y fiel,

pues en cada amanecer se hace presente,

dando los buenos días a quienes más la quieren.

Aunque parezca frágil, posee una fuerza serena.

No teme al sol que la evapora, porque sabe que su esencia volverá en la próxima mañana.

Así es ella: transparente, pero resiliente;

discreta, pero imposible de ignorar cuando brilla.

Su paso es silencioso, pero deja huella.

No necesita hablar para hacerse notar;

basta su frescura para recordarte que la vida siempre renace,

incluso después de las noches más largas.

Porque el rocío no vive para durar,

sino para inspirar con su breve resplandor.

Efímera, sí, pero eterna en su esencia.