
En un mundo donde todo gira en círculos, atrapado en la costumbre de repetir lo mismo, nació un ser que se atrevió a romper la rueda.
No lo hizo por rebeldía ni por orgullo, sino porque en lo profundo de su ser ardía la certeza de que la vida no podía reducirse a un carrusel infinito.
Mientras los demás daban vueltas sin notar el paso del tiempo, él decidió soltar las amarras y dejarse llevar por el viento. No buscaba ser más que nadie, solo quería encontrarse a sí mismo en un lugar donde la mirada alcanzara más lejos que el eje de un tiovivo.
En ese mundo donde todo giraba en la misma dirección, sin salida y sin opción, surgió una excepción. Diferente al resto, con la necesidad de ir más allá y de descubrir una nueva forma de ser frente a los demás. Y mientras más se alejaba, más encontraba su paz, su equilibrio y su estabilidad.
Y no por eso se sentía superior; solo trataba de hallar su lugar y, al mismo tiempo, de reconocer su fragilidad. Hacerlo no la debilitaba, la volvía más humana y, por ello mismo, más fuerte. No buscaba encajar en el mundo, sino crear un mundo en el que pudiera pertenecer sin dejar de ser ella misma.
