
Dejar pasar la luz es permitir que la esperanza tenga un lugar donde posarse.
Es dejar fluir los rayos del sol, de buena mañana, en tu corazón, sabiendo que hoy será un gran día.
Dónde entra la luz, florece lo que parecía marchito.
Porque la luz es vida: ilumina y guía los pasos que estaban perdidos.
Incluso la rendija más pequeña puede encender la habitación más oscura
y darnos la fuerza necesaria para ir más allá.
Deja pasar la luz y descubrirás que siempre estuvo esperando al otro lado.
Y al hacerlo, comprenderás que nada estuvo perdido, que dentro de ti siempre habitó la claridad que ahora renace.
Entonces sabrás que cada amanecer es, también, un renacer.
