
Habitar no es solo ocupar un lugar, es llenarlo de sentido.
Habitar es sentir el tiempo, la vida y el ahora como propios, sin desear huir de ellos.
Pero para lograrlo, cada día es necesario un esfuerzo consciente, un movimiento hacia aquello que realmente habita dentro de nuestro ser.
El tiempo me enseñó que la curación comienza cuando aprendemos a escuchar lo que el cuerpo nos quiere decir, y con modestia le vamos prestando atención.
Con el paso de los días comprendí que la sanación no siempre significa olvidar, sino aprender a vivir con nuevas alas. Es regresar a uno mismo con más amor del que partió.
Cuando enfoqué mi mirada en el lugar correcto, descubrí que las cicatrices son huellas de batallas superadas. La cicatrización del alma también requiere paciencia y cuidado.
Sin prisa, pero sin pausa, cada paso me llevó a entender que recuperarse es reconstruir la esperanza pieza por pieza. Es un viaje, no una meta inmediata.
Todo eso fue lo que me dio forma. Por eso hoy puedo mirar al futuro con confianza: no importa que esta vida sea pasajera y cambiante; lo que sé es que estaré bien, porque ahora puedo reconocer lo que habita en mí.
