
Para ellas, a quienes el tiempo me ha enseñado a querer y a darles un lugar en mi corazón.
Para cada una, que me demuestra cada día que la amistad tiene distintas formas y matices. Aprendo, día a día, a entregarles una parte de mí y, al mismo tiempo, a llenarme de sus personalidades, cualidades y facetas.
Para cada una, que llegó en una etapa diferente de mi vida, cada una con un objetivo distinto, aportándome algo único que me transforma por dentro.
Cada una es un color distinto que da forma al cuadro de mi vida; no importan las distancias ni el tiempo, solo la certeza de saber que están.
Para cada una, a quienes aprendí a querer con una ternura que no conocía, que se volvieron casa, refugio y abrazo.
Para cada una, que con su forma de ser me recuerda que la amistad no tiene un solo rostro; por llenarme con sus risas, sus silencios, sus fuerzas y sus fragilidades, aprendo a ser un poco más yo a través de lo que ellas son.
Porque en la amistad no hay medida exacta, solo una entrega sincera. Ellas me enseñaron que nunca hay decepción cuando se aprende a reconocer lo valioso en cada esencia, a honrar la diferencia y a agradecer la alegría de tenerlas.
Hoy sé que mi corazón late acompañado; llevo en mí pedazos hermosos de cada una de ellas.
