El equilibrio frágil del deber

El día que los mantuve en pie, sin miedo a dejarlos caer, sentí la incertidumbre de si podría lograrlo una vez más.

Mis manos no estaban acostumbradas, ni sabían cómo sostener aquellas cargas: las responsabilidades de la vida diaria. En mi mente, el deber era apenas una hoja en blanco.

Con el tiempo, lo fui logrando, sin dejar de intentarlo. No todo lo que pesa se puede ver; algunos equilibrios son silenciosos. Tampoco representan la ausencia de cargas, sino la habilidad de seguir sosteniendo sin romper lo que ya se ha construido.

Entre la fragilidad y el deber fui dando forma a quien quería ser. Sin rendirme, sin culpar al pasado, y sin olvidar desde dónde parto, aprendí que cada día debo equilibrar mi fragilidad con el deber de seguir adelante sin desfallecer.