
Dos voces habitan en mí y me recuerdan quién soy:
una se acurruca y se hace pequeña,
la otra me recuerda mi valor.
Entre las dos, van jalando mi corazón.
A la que se quiere me costó tiempo aprender a darle su lugar;
la que no sabía cómo, estuvo un tiempo indeterminado anclada, dominando mi mundo.
Una jugaba con mis sentimientos, la otra defendía mi valía.
Fui razonando con ellas,
para que no se fueran a los extremos,
para que ninguna dominara a la otra.
Escuchando más a la que se quiere, hallé la calma.
A la que no sabía cómo, no la culpo:
no dependía de ella no saber cómo quererse.
Ambas me enseñaron que nada es lineal,
que todo cambia cuando se trata de aprender a quererse.
Son pequeñas decisiones, sacrificios y prioridades que, con el tiempo, van dando forma a la manera en que me valoro, me percibo y me aprecio.
