
A ti, que llegaste sin aviso,
sin saber cuánto tiempo estuviste conmigo sin que pudiera reconocerte.
Mi querida amiga, la diabetes: tenemos una conversación pendiente.
No eres mi enemiga, pero tampoco mi dueña.
Entre tú y yo solo existe un puente hacia el equilibrio.
Y sé que juntas podemos aprender a convivir en un mismo cuerpo,
en ese espacio donde te instalaste de repente,
pero al que no supe darte tu lugar.
Hoy te reconozco y te pido perdón:
por las veces que no te escuché,
por las veces que no te cuidé,
por las veces que fui en tu contra,
por las veces que me olvidé de ti,
por las veces que la pereza me alejó de ti,
por las veces que quise borrarte de mi vida, sin poder.
A ti, que ya llevas años conmigo en esta misma vida,
a ti, quiero darte una nueva bienvenida.
Dame tu mano, que juntas seguiremos caminando,
aplanando el camino y evitando las curvas,
pensando antes de actuar si algo sumará o restará,
creando hábitos que solo nosotras compartimos,
y dando lugar a un clima ideal para convivir en armonía.
Contigo, querida amiga, hago un pacto:
de cuerpo, alma y azúcar.
