
La quietud empieza cuando aprendes a valorar el ritmo de lo que cada uno llama prioridad. Sin querer acelerar las cosas, sin pisar de golpe el freno, sin querer huir de los miedos.
La calma llega cuando no existen las emociones que suben y bajan, ni la euforia descontrolada ni la caída precipitada. Cuando todas ellas forman un vals de tiempos que bailan al compas, con sus pausas.
Y así se fue curando mi alma, con la quietud y la calma. Con las ganas de pausar para poder continuar, con las ganas de pensar para poder llegar y con las ganas de limitar para poder expandirme mucho mas.
