
Como olivos plantados demostramos que somos útiles y productivos a los ojos de Él, llenándonos de hermosura y dignidad mientras efectuamos nuestra fiel labor. Pero como un olivo es nuestro tronco, retorcido, donde llevamos el peso de la imperfección, de nuestras propias debilidades, de las luchas y de los golpes de la vida que nos retuercen y nos aplastan.
Al igual que a un olivo natural le hacen falta raíces extensas para sobrevivir a las sequías, nosotros hemos de reforzar nuestras raíces a fin de aguantar las pruebas.
El olivo, árbol prácticamente indestructible que da fruto un año tras otro, nos recuerda que nosotros podemos llegar a ser igual que él, indestructibles ante las dificultades y seguir dando fruto.
No dejes que tú debilidad sea más fuerte que tú productividad.
Salmo 52:8 — “Pero yo seré como un olivo frondoso en la casa de Dios; mi confianza estará puesta en el amor leal de Dios para siempre jamás”.
