
Hubieron días donde mis ojos no paraban de llorar,
hundida en mi tristeza pensé que en un mar de lágrimas me iba a ahogar.
Pero tú me dabas fuerzas y me recordabas que no tenía que dejar de luchar.
Me diste cada una de tus pinceladas de amor, ternura y cuidado.
Y mis lagrimas se fueron secando, cada una sin dejar ni rastro.
Al final aprendí esta gran lección:
“Los que siembran con llanto
cosecharán con gritos de alegría”
(Salmo 126:5)
